"No hacer nada también es decidir"


By Sergio Sinay #LaNacion Revista

"En cualquier momento de decisión lo mejor es hacer lo correcto, luego lo incorrecto, y lo peor es no hacer nada." Eso pensaba Theodore Roosevelt (1858-1919), presidente de los Estados Unidos, hombre duro y frontal, a quien se le atribuye la política del big stick (gran garrote), por la cual iniciado el siglo XX aquel país comenzó a perfilarse como potencia mundial, y de quien se cuenta también que, amante de la naturaleza, llegó a pelearse a puño limpio con un oso. Según la consigna de Teddy, como lo llamaban, llegado el momento de decidir quedan dos caminos. Pero en su propia declaración está implícita una tercera opción. No hacer nada. Eso también es decidir.

Al respecto hay un interesante estudio efectuado por Ofer Azar, doctor en Economía y catedrático de la Universidad Ben Gurion, de Israel. Azar, que no es fanático del fútbol, decidió investigar cuál es la razón por la que un arquero decide arrojarse hacia uno u otro palo ante la ejecución de un penal. La pelota viene a unos 100 km por hora y llega al arco en una fracción de segundo. ¿Cómo y por qué decidir? Tras entrevistar a 300 arqueros de las ligas de todo el mundo, lo que incluía grandes clubes, Azar descubrió que los guardavallas que no se movían del centro del arco atajaban el penal un 33,3% de las veces. Los que se tiraban a la izquierda contenían un 14,2% de los tiros y los que iban a la derecha un 12,6%. Es decir, los que aparentemente no hacían nada tenían más posibilidades de sobrevivir al fusilamiento. Sin embargo, hacían algo: permanecían firmes en el centro del arco. Esa era su decisión.

La vida es una cadena de decisiones. Algunas sencillas, como qué y dónde comer, cómo vestirnos, qué película ver. Otras complejas y trascendentes, como casarse, tener hijos, mudarse, qué estudiar, aceptar un trabajo, presentar una renuncia, hacer una confesión. Todas las circunstancias mencionadas, más tantas otras, son preguntas a las cuáles respondemos. Penales que la vida nos patea. Y, a determinada altura del partido, la suma de nuestras respuestas habrá decidido el curso de nuestras vidas.

Desde una perspectiva existencial no hay decisiones menores. Y tampoco hay forma de escapar a ellas. Las personas que piden No me hagas elegir, toman con ese pedido una decisión: la de someterse al gusto o la voluntad de otro. Las que afirman Yo no sé decidir, no por eso quedan eximidas de hacerlo. En la psicología del comportamiento se llama heurística por defecto a la decisión de no decidir. El resultado saldrá entonces por omisión. Es un procedimiento mental por el cual se buscan respuestas simples a preguntas complejas. Una suerte de atajo que tanto puede contribuir a economizar energía mental como a construir ilusiones disfuncionales.

Por detrás de estas lucubraciones asoma la responsabilidad. Tanto quienes son afectos a las decisiones instantáneas, reactivas, tomadas con información incompleta, como quienes se atienen a la heurística por defecto, deberían tener en cuenta que el hacer de un modo o de otro y el no hacer tienen consecuencias. Y que a esas consecuencias habrá que responder. El cerebro, desde el punto de vista fisiológico, no hace juicios morales. Pero la conciencia sí. Las decisiones incluyen un matiz moral. Más allá de nuestros órganos y su funcionamiento (que nos determinan) nos constituye una dimensión no cuantificable, que nos convierte en seres responsables. Teddy Roosevelt no estaba al margen de esto, ni lo están los arqueros, o el más anónimo de los ciudadanos de a pie. Somos criaturas que deciden y somos responsables de sus decisiones.

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